09 diciembre 2009

El peligro de andar solo

El que vive aislado busca su propio deseo, contra todo consejo se encoleriza. Proverbios 18.1 (LBLA)
Uno de los desafíos que presenta la responsabilidad de ser líder es saber cómo manejar la soledad. El peso de discernir los propósitos de Dios para el pueblo y conducirlo por el camino que permitirá el cumplimiento de ellos reposa, en última instancia, sobre los hombros de quien ha sido llamado a esta función. Aunque puede estar rodeado de consejeros y colaboradores, la responsabilidad final es exclusivamente del líder y esto inevitablemente hará que, en algunas funciones, el líder esté solo. Tal fue la soledad de Moisés, que tuvo que interceder solo por el pueblo que se había prostituído con el becerro de oro. Del mismo modo nuestro Señor Jesús vivió solo su angustia cuando estuvo en Getsemaní. Quizás la falta de sensibilidad al enorme peso que reposaba sobre los hombros del Maestro es lo que, finalmente, hizo que los discípulos se quedaran dormidos. Existe una clase de soledad, sin embargo, que no viene con el puesto, sino que es la manifestación de nuestra naturaleza caída. Es a esta condición que alude el autor de Proverbios en el texto de nuestro devocional. La Traducción en Lenguaje Actual traduce de esta forma el versículo: «El que es egoísta sólo piensa en sí mismo y no acepta ningún consejo». Inmediatamente nos damos cuenta a qué se refiere el texto, pues vemos cotidianamente las manifestaciones del egoísmo, no solamente en los demás, sino también en nuestras propias vidas. Su perspectiva de la vida puede ser resumida en una sola palabra: YO. En todo momento el único tema que le interesa al egoísta es su propia persona. Habla de sí mismo, se sirve a sí mismo y trabaja solamente para el beneficio de sí mismo. Me gusta la traducción de La Biblia de las Américas porque capta la sutileza del egoísmo. El vivir aislado es asumir una postura en la vida donde evito entrar en contacto con los demás. Entendamos bien que aquí no se hace referencia al aislamiento del que vive en una región remota del país, o en el campo. Es, más bien, una separación que resulta del deseo de evitar relaciones significativas con otros, sabiendo que esta clase de relaciones naturalmente conducen a intercambios transformadores. El que vive aislado no quiere correr el riesgo de que otros intervengan en su vida, precisamente porque busca su propio deseo y se convence de que nadie lo entiende. Por supuesto que cada uno de nosotros creemos que no somos personas egoístas. Para saber la verdad, sin embargo, podemos invertir el versículo de hoy. Busquemos primero el síntoma, que es enojarse ante todo consejo contrario a nuestra perspectiva, y luego sabremos qué clase de persona somos. El que actúa así, de seguro que se ha aislado para hacer su propia voluntad. Para un líder vivir aislado es particularmente peligroso, porque arrastra al pueblo detrás de su egoísmo. Ellos acaban sufriendo las consecuencias de esta clase de condición que el líder falsamente atribuye al ministerio. Esta no es soledad, sino necedad. Por eso necesitamos estar dependientes de nuestra CC, y ser ministrados por nuestro líder y a sus vez, él también ser ministrado. Recordemos nuestro principio de que "nadie puede ministrar sin ser ministrado. Para pensar: ¿Quiénes son sus consejeros? ¿Cómo reacciona cuando otros le dan consejos? ¿Cuándo fue la última vez que recibió un consejo que resultó beneficioso para su propia vida? No olvide que la visión consiste en "carácter".

26 octubre 2009

Para compartir en CC

¡Sólo para osados!

—Señor, si eres tú —respondió Pedro—, mándame que vaya a ti sobre el agua.

—Ven —dijo Jesús.

Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús.

Mateo 14.28–29

He escuchado decenas de enseñanzas sobre este pasaje y yo mismo lo he usado en más de una predicación. En la mayoría de estas exposiciones he visto una tendencia que es demasiado común entre nosotros: enfocarnos en el error cometido. En este caso, usamos la aventura de Pedro para ilustrar lo importante que es mantener los ojos sobre Cristo para no naufragar en nuestros emprendimientos. No debemos mirar las olas, como él lo hizo. No deja de ser verdad lo que afirmamos, pero en el camino hemos perdido la oportunidad de apreciar la completa dimensión de la experiencia del discípulo.

La enseñanza de un amigo, que fue excelente maestro de la Palabra, me llevó a contemplar este pasaje desde otra perspectiva. En primer lugar, debemos notar que Pedro nos provee de un muy buen ejemplo acerca de cómo debemos encarar un proyecto. Cuando nos desborda el entusiasmo, tendemos a lanzarnos a un proyecto sin previa meditación. En el camino elevamos una oración a Dios pidiendo que nos bendiga en nuestro emprendimiento, aunque ya hemos tomado la decisión de realizarlo pase lo que pase. Pedro mismo, cuando negó a Cristo, pagó el precio de actuar de esta forma.

En este incidente, no obstante, Pedro sintió en su corazón el deseo de experimentar lo mismo que estaba haciendo su amigo Jesús. Tome nota que, a pesar de esto, no se lanzó al agua. «Señor, si eres tú… mándame que vaya a ti sobre el agua». Este es el correcto proceder en cualquier emprendimiento que queramos realizar. Debemos detenernos para preguntarle al Señor si él nos da la autorización para movernos, aun cuando todas las circunstancias parezcan indicar que estamos frente a una oportunidad sin igual.

Esta lección es especialmente importante para los que estamos al frente de diversos ministerios. Es sumamente fácil caer en la tentación de elaborar proyectos para Dios, creyendo que todo lo que hacemos en su nombre automáticamente goza de su bendición. Nuestros caminos no son sus caminos. La disciplina de detenerse y buscar autorización de lo alto es una de las más cruciales para un ministerio eficaz.

En segundo lugar, quisiera hacerle notar la osadía del pedido de Pedro. Él no quería perderse esta oportunidad. Cuando escuchó la invitación se largó a caminar sobre las olas. ¡Qué experiencia tan extraordinaria!

Es verdad que terminó hundiéndose, pero se dio el gusto de experimentar algo fuera de serie. Los otros once discípulos permanecieron en la seguridad del bote. De alguna manera esta escena capta lo que es la iglesia. La mayoría de nosotros preferimos la seguridad del bote, mientras criticamos a los que intentan algo nuevo. Algunos pocos, atrevidos en la fe, prefieren la aventura de andar en las alocadas propuestas de Cristo.

Imagine a los discípulos, ya viejos. Los once, quizás, podrían contarle a otros: «conocimos a un hombre que caminó sobre las aguas». Solamente Pedro, sin embargo, podría decir: «una vez, de joven, ¡anduve sobre las aguas!»



Para pensar:

«Un hombre con coraje es mayoría». Andrés Jackson.



19 octubre 2009

Los imposibles de Dios

El Señor lo encaró y le dijo: —Ve con la fuerza que tienes, y salvarás a Israel del poder de Madián. Yo soy quien te envía. —Pero, Señor —objetó Gedeón—, ¿cómo voy a salvar a Israel? Mi clan es el más débil de la tribu de Manasés, y yo soy el más insignificante de mi familia.
Jueces 6.14–15
Israel estaba ocupada por un pueblo enemigo, los madianitas. Con un poderoso ejército de 135.000 guerreros tenían completamente subyugado al pueblo de Dios. A modo de tributo, se llevaban lo mejor de la tierra y del ganado. El pueblo estaba, lógicamente, desmoralizado y sin esperanza.
En medio de esta situación un ángel se sentó cerca de Gedeón, quien estaba limpiando trigo para esconderlo de los madianitas. El texto que nos ocupa nos da los detalles de la misión que Dios quería encomendarle a este varón. Sin rodeos, el Señor le hacía esta descabellada propuesta:
¡Que él, un desconocido individuo de la tribu de Manasés, de una familia sin recursos, se levantara para librar a Israel de la mano de Madián!
Si usted hace una lista de los atributos que tenía Gedeón para la misión que le estaban encomendando, no encontrará muchos elementos que lo inspiren a creer que Dios había encontrado a la persona indicada para esa tarea. Probablemente no tenía experiencia en lo militar, ni en la dirección de otros hombres. Era el menor de una familia pobre, una persona que seguramente estaba acostumbrada a no ser considerada en nada. Si le suma a esto las dimensiones de la misión que Dios le proponía, tendrá aún mayores razones para dudar acerca del desenlace exitoso del emprendimiento. ¿Qué podía hacer este «insignificante individuo» frente a semejante desafío?
Este es el método de Dios. El Señor se deleita en presentarnos proyectos que son absolutamente imposibles de lograr. Miramos nuestros recursos y exclamamos: «¡Nadie puede hacer eso!»
A Moisés le propuso levantarse con dos millones de israelitas que vivían en esclavitud, para tomar posesión de una tierra ocupada por pueblos hostiles.
¡A Josué le propuso conquistar una ciudad fortificada cantando alabanzas!
A Jonás le propuso predicar la humillación a un pueblo que se había propuesto la conquista del mundo. A los apóstoles les propuso que hicieran discípulos de todas las naciones de la tierra.
Es precisamente esta sensación de sentirnos completamente desbordados por la magnitud de un proyecto, lo que nos asegura que estamos frente a una propuesta divina. Dios nunca nos hace partícipes de planes que pueden ser logrados por nuestras propias fuerzas. El Señor se deleita en meternos en situaciones donde toda nuestra astucia, nuestros recursos y nuestras proyecciones se ven como absolutamente ridículos.
Este es el método de Dios. Si usted quiere participar en los proyectos de Dios necesita sentir que sus propios recursos son completamente inadecuados. Los proyectos de Dios solamente se logran con los recursos del Señor.
Para pensar: ¿Qué proyectos tiene como Pastor o líder? ¿Qué desafíos le presentan? ¿Se anima a echar por la borda sus proyecciones humanas para comenzar a soñar a lo grande, no con la transformación de algunas vidas, sino de su ciudad, su nación y aun el mundo? Si otros se ríen de sus proyectos, seguramente está en la misma sintonía que el Señor.

15 octubre 2009

Dios lo hará otra vez (Ruth Mixter)

Les comparto este video; le creo, le creo!!! Porque no hay dificultad para Él...

11 octubre 2009

Devocional Útil para las Células

El valor de los recuerdos
Sacrificarás la víctima de la Pascua a Jehová, tu Dios, de las ovejas y las vacas, en el lugar que Jehová escoja para que habite allí su nombre. No comerás con ella pan con levadura; durante siete días comerás con ella pan sin levadura, pan de aflicción, porque aprisa saliste de la tierra de Egipto, para que todos los días de tu vida te acuerdes del día en que saliste de la tierra de Egipto. Deuteronomio 16.2–3
Aunque muchas veces intentamos borrar de nuestro pasado aquellas experiencias negativas por las cuales hemos transitado, el Señor nos muestra, en el texto de hoy, que pueden cumplir un importante papel en nuestra vida espiritual. Para ayudar al pueblo de Israel a no olvidar el camino por el cual había transitado instituyó una fiesta anual con el solo propósito de que no olvidaran su peregrinaje como pueblo de Dios.
¿Qué era lo que puntualmente debían recordar? En primer lugar, debían recordar que en el pasado habían sido esclavos, sin esperanza de que alguien los librara de esa condición. La libertad que hoy gozaban era una libertad que les había sido regalada, no una adquirida por sus propios méritos o esfuerzo. En segundo lugar, el día que salieron de Egipto fue por la intervención poderosa de Dios a favor de ellos. Hubo un precio que pagar para que pudieran ser libres. Una nación sufrió toda clase de calamidades para que un faraón de duro corazón finalmente les otorgara el permiso de marcharse. En tercer lugar, habían salido de Egipto solamente con la ropa que llevaban puesta. No tenían ninguna de las posesiones que ahora disfrutaban. De la penuria absoluta, Dios les había transformado en una nación grande y próspera.
¿Cuál era el beneficio de que ellos recordaran todas estas cosas? Les ayudaría a ser agradecidos. Este es el gran problema que enfrentamos a diario. Nos levantamos y nos quejamos porque está lloviendo, porque no nos gusta la comida que hay en la mesa o porque tenemos que ir a trabajar. Nuestras palabras revelan que hemos perdido de vista que nada de lo que tenemos es nuestro por derecho, sino por la exclusiva bondad de Dios. La falta de conciencia de nuestra verdadera condición espiritual nos lleva a un corazón de ingratitud que se traduce en una vida llena de quejas y reclamos.
La gratitud no solamente nos lleva a recordar, a cada paso de nuestro andar, a la persona de Dios -de cuyas manos fluyen todas las cosas buenas-, sino que también produce en nosotros un deleite en cada experiencia, en cada relación, en cada actividad en la cual tenemos participación. Ya que lo que tenemos es un regalo, lo disfrutamos como algo inmerecido que demuestra el amor de Aquel que nos lo dio.
Para los que estamos sirviendo en la iglesia también es fácil olvidar de dónde nos sacó el Señor. Podemos caer en la queja y la ingratitud, reclamando mayor respeto o mayores privilegios, como si hubiéramos entrado al ministerio por nuestros propios méritos. Qué bueno es que cada día podamos recordar que servimos solamente porque él nos ha concedido tal privilegio.
Para pensar:
«Entonces entró el rey David y se puso delante de Jehová, y dijo: «Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?» (2 S 7.18).
Desarrollo Cristiano Internacional.